Amor de rituales

Mujer_con_gato

Ahí viene ella.

 

Mis ojos en los suyos.

Sus brazos por mi cuello.

Me cosquillea su respirar.

Abrazo prolongado.

Quiere su sesión de caricias.

La llevo a la cama.

La acuesto a mi lado.

 

Mi descanso de quince minutos.

Ella lo sabe.

Su mejilla cerca de la mía.

Su cuerpo frágil entre mis brazos.

Las mismas palabras lindas de ayer.

Le gusta mi discreción.

Sus ojos brillan: señal de agrado.

Un beso en su frente.

Se despide sin decir nada.

 

Otra vez, mi escritorio.

El ruido blanco del teclado.

Ella ocupada en su nada;

Yo aburrido en mi trabajo.

Cabecea bajo el solecito,

Peinándose y despeinándose.

No le hace falta mi mano.

Bueno, por un rato.

 

¿Una o dos horas?

Dolor sordo de espalda.

Brazos y cerebro entumidos.

Ganas de su calor que brota de las entrañas.

Su nombre pronunciado a voz baja…

No irrumpe con su siesta.

Para mí, un simple mortal caducado,

Sólo resignar y esperar.

Anhelo en silencio que una mosca,

O una araña, no importa,

Perturbe su sueño.

¡Qué mal amante soy!

 

¿Otras dos horas?

Sus luceros despiertan.

Su brío arde a mis espaldas.

Mi orgullo, resistiendo a ceder:

“Ella siempre te ignora.”

Pero su vocecita me busca.

Mis vísceras, listas para su roce;

Y mi razón, queriendo huir.

Pero, ahí viene, como amenaza,

Recordándome que ya es hora de descanso.

 

Y se acomoda en mi hombro.

Respira deseosa.

Suelto el teclado.

Suspira a mis oídos.

Por fin, mis quince minutos.

Ella entre mis brazos,

Esperando una sorpresa.

La llevo a la cama,

La acuesto a mi lado.

Las mismas palabras de hace rato:

Se acurruca complacida.

Mi mano sobre su espalda.

¡Cómo ama mis manos!

Mis caricias mecánicas,

Y ella probando cielos.

 

Quince minutos.

Ella siempre tan precisa.

“Bien, ya cumpliste.”, parece decir.

Sin un <gracias>, a perderse.

Se marcha hacia su nada,

A seguir cumpliendo con su feliz vida.

 

Ella siempre deja en mí pedazos de algo,

Algo que no pertenece al hombre.

Algo de Naturaleza,

Algo de misterio,

Algo de felicidad.

Y quizás, por eso los rituales.

De adoración,

De curiosidad,

De esclavitud.

La veo alejarse hacia su salvaje soledad.

Se peina; se despeina.

Ocupada en su nada,

Se hace invisible.

 

De nuevo, al teclado.

Y a seguir sonándolo,

Como parte de ese amor que esclaviza,

Como parte de ese ritual que no cesa.

Un mortal caducado como yo no puede

Más que disponer todo para su santo templo.

 

Y ahí viene ella.

Se pone entre la pantalla y yo.

“Basta por hoy”, parece decir.

Se acurruca y pide mi atención.

“Ya te atendí”, le digo.

“Miau”, no le importa.

Un nimio mortal como yo no puede

Más que obedecer ante tales sublimes llamados.

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